Hay pacientes que preguntan por la técnica quirúrgica durante cuarenta minutos y se van sin preguntar nada de la anestesia. No es que no les importe: es que la pregunta que tienen suena infantil dicha en voz alta delante de un médico, y se la guardan.

La guardan y se la llevan a casa, donde crece. Así que conviene contarlo en orden, porque la anestesia es la única parte de una cirugía en la que una persona no participa, y lo que no se puede controlar al menos se puede conocer.

Qué pasa, en orden

Empieza antes de lo que la gente cree, y la primera parte no tiene nada de dramática.

  1. La consulta con el anestesiólogo. Días antes, no en la puerta del quirófano. Revisa los exámenes, pregunta por enfermedades, alergias, medicamentos, cirugías anteriores y cómo te fue a ti o a tu familia con anestesias previas. De esa conversación sale el plan.
  2. El ayuno. Las horas que te digan, contadas desde la última vez que tragaste algo, agua incluida. No es un trámite: es lo que evita que el contenido del estómago pase al pulmón mientras estás dormida.
  3. La vía. En el brazo o en el dorso de la mano, con el pinchazo de siempre. Por ahí entra todo lo demás, y es lo único que de verdad se siente.
  4. El quirófano. Hace frío, hay luz y hay ruido de monitores. Te pondrán un manguito de presión, un sensor en el dedo y los parches del electrocardiograma. Esa parte dura unos minutos y estás despierta durante toda ella.
  5. El oxígeno. Una mascarilla sobre la nariz y la boca, y la instrucción de respirar normal. Es oxígeno, no es la anestesia todavía.
  6. Los diez segundos. El anestesiólogo pasa el medicamento por la vía. Casi todo el mundo nota un sabor raro o un frío subiendo por el brazo, y a veces el aviso de que va a sentir sueño. Después no hay nada. No es una somnolencia que avanza: es un corte.

Lo que las pacientes describen después no es haber dormido. Es que entre una frase y la siguiente pasaron cuatro horas.

Las tres preguntas que no se hacen en voz alta

«¿Y si no despierto?»

Es la primera, siempre. En una persona sin enfermedades importantes, operada de forma programada, en un centro quirúrgico acreditado y con un anestesiólogo dedicado solo a eso, el riesgo de muerte atribuible a la anestesia es muy bajo —del orden de unos pocos casos por cada cientos de miles de procedimientos—.

Lo honesto es añadir dos cosas. La primera es que ese número no es el de todo el mundo: una enfermedad cardiaca, una apnea del sueño sin tratar, una obesidad importante o una urgencia lo mueven, y moverlo es exactamente lo que mide la consulta preanestésica. La segunda es que el número bueno depende del sitio. La anestesia general no se administra en un consultorio ni la vigila la persona que está operando.

«¿Y si me despierto a media cirugía?»

Existe, tiene nombre —despertar intraoperatorio— y es raro: alrededor de uno o dos casos por cada mil en anestesia general, y bastante menos con el monitoreo que se usa hoy. En cirugía plástica programada es de los escenarios menos probables, porque no concurre ninguna de las circunstancias que lo favorecen: una cesárea de urgencia, un politraumatizado, una dosis deliberadamente baja en un paciente inestable.

Hay un detalle que conviene conocer, porque es el que genera los relatos que circulan. Durante la cirugía se usan relajantes musculares, y una persona relajada no se mueve ni habla. Por eso la profundidad del sueño no se juzga mirando si se mueve: se mide, con la concentración del anestésico, la frecuencia cardiaca, la presión y, cuando está indicado, la actividad eléctrica del cerebro.

«¿Y si digo algo?»

Esta se pregunta en broma y se teme en serio. La respuesta corta: no se habla. Con la anestesia ya puesta no hay conversación posible, y lo que la gente recuerda haber dicho corresponde al despertar, cuando todavía está desorientada y suele ser una queja de frío o de dolor.

La sedación es otra cosa. Ahí sí se habla, se responde y a veces no se recuerda después. Si el plan es una sedación —algunos procedimientos con anestesia local la llevan—, te lo dirán, porque no es lo mismo.

El despertar

Nadie despierta en el quirófano. Se despierta en recuperación, y suele ser así:

  • Frío y temblor. El más frecuente y el más incómodo. El quirófano está frío a propósito y el cuerpo lo compensa temblando. Se trata con mantas calientes y pasa en un rato.
  • Sed, garganta seca o ronquera. Por el ayuno y por el tubo que mantuvo la vía aérea abierta. Dura horas, a veces un día.
  • Náusea. Depende mucho de la persona. Si ya vomitaste con una anestesia anterior, dilo: se previene de entrada y funciona.
  • Sueño a ratos. Lo normal es dormitar la primera hora y recordar la segunda a trozos. No es un mal signo.
  • Dolor. Se calcula para que no despiertes con dolor, y el objetivo es que esté controlado antes de salir de recuperación. Si no lo está, se dice ahí mismo, no en casa.

Que las primeras horas se recuerden borrosas es esperable. Por eso una paciente operada con anestesia general no toma decisiones ni firma nada ese día, y no vuelve sola a casa.

Quién vigila mientras

Esta es la parte que más tranquiliza y la que menos se explica, porque se da por supuesta.

El anestesiólogo es un médico especialista cuyo trabajo durante esas horas eres exclusivamente tú: tu presión, tu oxígeno, tu temperatura, tu profundidad anestésica y tus líquidos. No está operando, no entra y sale, y no es un monitor con alarma. Está al lado de la cabecera de principio a fin.

Por eso la pregunta útil antes de una cirugía no es qué anestesia te van a dar, sino dos más concretas: quién la administra y la vigila, y en qué establecimiento. Una cirugía con anestesia general se hace en un centro quirúrgico autorizado, con anestesiólogo presente y con equipo de reanimación. Es una pregunta normal y tiene respuesta.

Lo que sí depende de ti

Poco, pero lo poco pesa:

  • Respetar el ayuno, con el agua incluida y con la hora exacta, no aproximada.
  • Llevar la lista completa de lo que tomas. Toda. Incluidos los suplementos, los naturales y lo que compraste sin receta: varios alteran la coagulación y nadie los menciona porque no los considera medicamentos.
  • Contar lo que cuesta contar. Que fumas, que fumaste hasta ayer, cuánto bebes, si usas algo recreativo. No cambia el trato; cambia la dosis y el plan, y no saberlo es lo único que de verdad complica una anestesia.
  • Dormir y llegar con tiempo. Llegar corriendo y sin dormir no es grave, pero empieza mal un día que conviene empezar tranquila.

Y una última: si tienes esta pregunta, hazla. En la consulta preanestésica, o en la nuestra, o en las dos. Es de las pocas preguntas de una cirugía que se responden enteras en cinco minutos.

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